La sociedad

No es mucho lo que sabemos, por falta sobre todo de textos, de la sociedad cananea durante la Edad del Bronce, si exceptuamos los documentos procedentes de Ugarit. En general se advierte, como en el resto del Próximo Oriente, una diferencia entre un sector palatino  integrado por la elite y un sector extrapalatino, urbano y rural, que acogía a los restantes grupos de la población. La elite estaba formada por la realeza y los funcionarios de la administración, dependientes del palacio. En las ciudades habitaban los comerciantes, artesanos y algunos campesinos que tenían sus pequeñas explotaciones en las tierras cercanas. En el ámbito rural predominaba el elemento pastoril.

La sociedad de Ugarit durante el Bronce Tardío.
Los archivos de Ugarit nos permiten hacernos una idea aproximada de su organización social y parece lógico suponer que no diferiría mucho de la de otros centros comerciales mencionados en los documentos egipcios como Arvad, Sumur, Biblos, Beirut, Sidón, Tiro y Acre. En lo alto de la jerarquía social se hallaba una aristocracia que constituía el soporte militar y administrativo de la monarquía. Entre estos aristócratas -maryannu-  había algunas personas de origen indoario a las que se atribuye la introducción del caballo como animal de tiro de los carros de combate. Los sectores urbanos estaban constituidos por los purina, propietarios de tierras que vivían como campesinos y artesanos, y los tamkaru dedicados a las actividades comerciales. Los sabe name formaban la población campesina sin tierras y podían trabajar en los latifundios o en los palacios reales. Los siervos -hupshe-, los esclavos y los prisioneros de guerra - ashiru-  componían los sectores no libres de la población.

En las ciudades comerciales el desarrollo del derecho individualista favorecido por el comercio tendió a disolver las viejas formas de la organización familiar extensa con base patrimonial, todavía fuertes en las áreas rurales y en el Canaán meridional, y a equiparar la situación de la mujer con la del hombre. La población libre se encontraba sometida a servicios y prestaciones al palacio, muchas de ellas de carácter militar. Entre la aristocracia el servicio se encontraba determinado por la función administrativa o cortesana que desempeñaban, mientras participaban en el ejército como expertos combatientes en carros. Los artesanos estaban igualmente obligados a un servicio profesional -pilku- según su especialización. En contrapartida unos y otros recibían tierras del monarca sobre cuya explotación debían satisfacer determinadas tasas. En ocasiones estas tierras estaban exentas de servicios y se convertían en bienes patrimoniales con los que se recompensaba el trabajo de funcionarios distinguidos y eficaces. La promoción profesional era un hecho y el mismo rey, que promovía a los más aptos a los puestos de responsabilidad, podía conceder la nobleza hereditaria a uno de sus vasallos como recompensa a sus servicios.

La sociedad en los asentamientos y ciudades fenicias.
En las ciudades fenicias se siguió manteniendo la distinción entre hombres libres y esclavos. La situación de estos últimos no es desconocida, pero sabemos que podían contraer matrimonio que les era reconocido por la ley, por lo que parece que gozaban de alguna clase de personalidad jurídica. Los hombres libres, jerarquizados en una serie de categorías sociales o socio-profesionales, constituían una sociedad dinámica y cosmopolita. Pese a la escasez de documentación podemos distinguir, a grandes rasgos, la existencia de una aristocracia de tipo terrateniente enfrentada en determinados momentos a una oligarquía comerciante. La génesis de esta última no está clara, pero bien se podría tratar de miembros del funcionariado político y religioso que supieron aprovechar las ventajas que emanaban de sus cargos para realizar negocios por cuenta propia. En cualquier caso el alto sacerdocio, que compartía también las responsabilidades políticas, parece haberse situado desde muy pronto, al frente de esta oligarquía de comerciantes y mercaderes, debido seguramente al importante papel desempeñado por sus templos en la expansión comercial por el Mediterráneo.

El auge del comercio y las manufacturas provocó el crecimiento de la población urbana, que se dedicaba a este tipo de menesteres. Garantizaba una amplia demanda laboral, junto con la construcción, equipamiento y flete de los barcos, que sirvió de estímulo para el despegue de este sector social característico de la vida de las ciudades. Dentro de esta población, muy heterogénea y notablemente dinámica y emprendedora, destacaba un artesanado muy cualificado. Por debajo, el campesinado rural, integrado en su mayoría por pequeños y medianos propietarios, se debatía entre las prestaciones económicas y militares que le eran requeridas, y el miedo a las devastaciones producidas por los ejércitos extranjeros. Parece, en efecto, que la auténtica dicotomía propia de la sociedad fenicia es la que se estableció entre este ambiente rural y el entorno urbano.

Marinos, colonos y comerciantes.
Tanto las necrópolis como el habitat de algunos asentamientos fenicios arcaicos proporcionan indicios de una composición social heterogénea en la que destaca una élite que se entierra en las lujosas tumbas de cámara de Trayamar o en aquellas otras de Almuñecar y Lagos, y reside en grandes casas en Morro de Mezquitilla y Toscanos. Así, estos elementos han sido interpretados como pruebas de la presencia de una población “aristocrática”. Las tumbas “aristocráticas” de Trayamar, que en cualquier caso no remontan más allá de comienzos del siglo VII a. C. sugieren un modo de organización del pequeño grupo social al que representan que contrasta con las prácticas funerarias presentes en otras necrópolis fenicias. La evidencia arqueológica de acusadas diferencias en el seno de los grupos fenicios de población en los asentamientos coloniales ha sido también señalada también, indicando además la posible diferencia de extracción social de las gentes de sitios como Rachgoum o Can Partit (Ibiza) que encuentra su correlato en las tumbas del Cerro del Mar en claro contraste con los hipogeos familiares de Trayamar.

En Ibiza, Sa Caleta, probablemente fundada desde la Fonteta, sorprende por su urbanística “improvisada y arcaizante” con un “sistema basado en la yuxtaposición de estancias sin ningún genero de orden en cuanto a la orientación con respecto a sí mismas y a los puntos cardinales”, “separadas entre sí por espacios, en ocasiones exiguos, comprendidos entre las distintas construcciones”, dando lugar a estrechas calles de orientación variada y pequeñas plazas de plan irregular y superficies variables, que contrasta con las grandes y espaciosas casas y calles bien trazadas de Morro de Mezquitilla.

En el Puig des Molins se manifiestan durante la primera mitad del siglo VI a. C. diferencias significativas que atañen tanto al tipo de sepultura, con la aparición cada vez más numerosa de fosas, como  los rituales, con prácticas más elaboradas que incluyen la ofrenda de un animal, la colocación de una lucerna sobre las brasas ardientes, rotura ritual de vajilla y libaciones. También hay diferencias en los ajuares, desde las tumbas más pobres, sin ningún ajuar o con una sola ampolla de aceite perfumado a las más ricas que pueden contener un kantharos de buchero  etrusco. Todo parece indicar que se está produciendo una cierta diferenciación social en el seno de la comunidad originaria.

Otro tanto podría decirse de la necrópolis de Jardín, situada al norte de Toscanos, junto a la orilla occidental del río Vélez, cuyos ajuares funerarios no presentan unas normas fijas, y en la que existe una gran variedad de estructuras y rituales funerarios. Esta variedad comprende fosas simples excavadas en la roca, fosas compuestas con resaltes y bancales laterales y una pequeña fosa excavada a mayor profundidad, cistas de sillares, grandes y profundas fosas que contienen cistas de sillares cuidadosamente trabajados que sostuvieron una cubierta de madera y adobe, y que se hallan precedidas, al menos en un caso, de un dromos  horizontal, que recuerdan algunas de las tumbas de cámara de Trayamar. Tanto la incineración como la inhumación están presentes y son muy característicos los pequeños sarcófagos de piedra. Esta necrópolis, que correspondería a la fase final de Toscanos, s. VI a. C., contrasta por su diversidad y por la riqueza de algunos de sus ajuares, aunque la mayor parte de las tumbas habían sido saqueadas antes de las excavaciones,  con los enterramientos de Cerro del Mar, a la que se considera una de las antiguas necrópolis, entre finales del s. VIII y s. VII a. C., del mencionado asentamiento. Necrópolis como Jardín y Puig de Molins, con su gran variedad de ajuares funerarios, anuncian la presencia de amplios grupos de población fenicia no aristocrática, como tampoco lo era la que se enterraba en Can Partit o Rachgoum, en el momento previo al desarrollo y consolidación del modelo urbano desde comienzos del siglo VI a. C.

La presencia de mujeres externas a la comunidad fenicia no sería extraña ya que, como indica Justino (XVIII, 5), entre los primeros colonos de Cartago solo había 5 mujeres. Por lo que las mujeres habían de ser adquiridas externamente al grupo. Entre las sociedades preindustriales, la mujer consiste en un bien que se intercambia no solo por bienes, sino por otras mujeres con el fin de asegurar la pervivencia del grupo, a la vez que sirve para establecer lazos de unión. Así pues, las primeras mujeres pueden adquirirse entre las poblaciones indígenas por medio del intercambio de bienes, pero si no existe un contra don que remunere al grupo con nuevas mujeres, las tensiones pueden aparecer. El rapto de las mismas, incluso de las mujeres fenicias, lo tenemos atestiguado en Homero (Od., 440-453 y 457-470), por lo que entraríamos de lleno en población de tipo sometida, no solo por su condición de mujer, sino por su condición de pérdida de libertad. Evidentemente las mujeres controlan aspectos de la economía familiar, pero la subordinación a los hombres es manifiesta. Los textos literarios claramente lo ratifican, caracterizando además el papel de la mujer como inferior emocional, mental y moralmente, no solo en contextos urbanos, sino, como el que nos ocupa el ámbito agrario. El trabajo y las obligaciones, bien estructuradas en Proverbios 31, conllevan además una gran parte de actuación en el ámbito de las tareas agrícolas. Claras son las palabras de Aristóteles, Pol. VI, 8, 23 = 1323a, 5-6, al afirmas que el pobre necesita tener como sirvientes a mujer e hijos a causa de la carencia de esclavos. No debemos olvidar el componente colonial, Salustio, Iug., XIX, 1, menciona que en la fundación de colonias tomaban parte no solo aquellos que buscaban y ansiaban el poder (la clase gobernante sin poderes en su lugar de origen) sino también la plebe y otros aspirantes al cambio.

Oficios y ocupaciones.
A pesar de haberse perdido los textos de la propia civilización fenicia, a través de las inscripciones podemos tener una imagen que nos aproxime al día a día de la vida en una ciudad fenicia occidental. Las inscripciones cartaginesas nos proporcionan la visión de un entramado socialen el que no faltan las menciónes a mercaderes y comerciantes, artesanos de la madera, la piedra o el metal, escribas, intérpretes, un amplio elenco de profesionales tanto políticos como religiosos, esclavos y libertos, que constituyen este tejido social, junto a un papel destacado de la mujer o la presencia de gentes venidas de múltiples puntos del Mediterráneo, no sólo de órbita fenicia, Erice (Sicilia), Tiro, Arwad, Sidón, sino de otras culturas como la vecina númida o aquella griega o egipcia, que se incorporan en ocasiones como miembros de pleno derecho de la ciudad.

Además de artesanos, la información que se puede deducir de las inscripciones cartaginesas, generalmente se trata de personal dedicado a actividades comerciales. Entre éstos tienen un lugar destacado aquellos que se encargan de la manipulación de los metales sea oro, plata, bronce o hierro. No obstante, las actividades textiles o la construcción son mencionadas en los documentos votivos y funerarios. Los objetos relacionados con una actividad de tipo textil han sido constatados por el hallazgo en las tumbas femeninas de una serie de instrumentos utilizados en el proceso de hilado y la fama de los bordadores de la ciudad de Sidón es reconocida en la poesía épica griega (Homero, Od., XV, 418; Il., VI, 291). Los vestigios arqueológicos aportan información sobre actividades como la producción de tejido, con instrumentos como agujas, bien sean de hueso, marfil o bronce, o las técnicas de hilado con instrumentos de hilandería, en hueso o marfil o fusayolas en tumbas ocupadas por mujeres. Una actividad derivada, pero propia de la manufactura textil, sería aquella de tintador, como se observa en las tablillas de Ugarit. En el mundo púnico, en la localidad de Kram, se puden observar estas instalaciones de tintura de púrpura, datadas en torno al siglo III. Además, tenemos testimonio de esta actividad en Kerkouan o en la isla de Mogador.

Diferentes ocupaciones, de vital importancia para la vida cotidiana de las ciudades fenicias de Occidente, podemos vislumbrar a raíz de las noticias que nos ofrece la epigrafía. Así, mmlh, “mercader de sal” o “de salazones”,  hysr, “alfarero”, m `nn, “fabricante de vasos”, por poner solo unos pocos ejemplos de una lista bastante extensa. En ocasiones, en el campo iconográfico de la estela se representan una serie de instrumentos, en consonancia con la función que se inserta en la inscripción, por ejemplo en RES 795 se menciona el término hqrh que es traducido como el “perfumista”, “perfumero” y en la imagen grabada se representa un frasco que parece tener una función como contenedor de perfume.

El clero.
Los grandes santuarios contaban con un personal numeroso, como se desprende, por ejemplo, de las cuentas del templo de Ashtarté en Sidón. La estructura del clero estaba organizada en una jerarquía al frente de la cual se hallaban los grandes sacerdotes, título que también ostentaban algunas mujeres. En Occidente las más altas dignidades religiosas fueron desempañadas por familias de la aristocracia que, al igual que los cargos civiles, las trasmitían de padres a hijos como demuestran las inscripciones en las que mencionan su genealogía. Una estela del tofet de Cartago menciona dieciséis generaciones de sacerdotes de Tanit.  El resto de los ciudadanos podía acceder al sacerdocio subalterno y a los oficios auxiliares del clero. A su frente había siempre un sumo sacerdote -rb khnm- que ejercía, en cada templo, de jefe del colegio sacerdotal. Las mujeres, tanto sacerdotisas -khnt-, como grandes sacerdotisas -rb khnt- no estaban exentas de las tareas del culto.  Al menos en algunas ocasiones está atestiguado el celibato, como en Cartago para las sacerdotisas de la “Ceres africana” o en Gades/Gadir los sacerdotes de Hércules/Melkart. Había una auténtica especialización sacerdotal según conocemos por la existencia de una serie de títulos, como “peluquero del dios”, “despertador del dios”, “iluminador”, “sacrificador”, “portero”, “cantor”, “acólito” etc., cuyas tareas solo en parte están claras.  Entre el personal del culto había también esclavos y esclavas de muchas clases, que se encargaban de los menesteres más humildes.

La división de categorías dentro de la clase sacerdotal y la utlización de personal subalterno tiene sus orígenes en el mundo oriental. El templo es la representación de la metrópoli en las diferentes colonias, y funciona a nivel económico, por lo que necesita para la gestión del culto y de sus propiedades tanto personal especializado como mano de obra sin cualificar. Esta especialización afecta también al personal subalterno, así en el mundo oriental. El shatammu, se encarga de tareas administrativas, el control de rebaños, la recaudación, los censos, así como de la organización de los almacenes. Entre este tipo de personal hallamos en Cartago al glb >lm, (CIS I 257) “barbero de la divinidad”, que en Chipre, sobre la inscripción CIS I 86 A se especifica que presta un servicio para el culto glbm plm l mlkt.No sería de extrañar que parte de su cometido se debiera al aseo de las estatuas de culto, y por tanto su cuidado, puesto que la entrega de pelo como ofrenda, como parece deducirse de la conocida  inscripción de Kition (Dupont-Sommer,  1970, 9-28), bien pudiera utilizarse en postizos para la representación de la divinidad. En algunas ocasiones sabemos a que deidad del panteón pertenecían, de ahí: bd bt Smn, “servidor del templo de Eshmun”, bd bt mlqrt, "servidor del templo de Melkart". Como servidores puede haber hombres bd y mujeres mt prestando servicio. No hay elementos suficientes para saber su función específica y su grado de dependencia con el templo. Se puede decir con certeza que se trata de sujetos libres, de los cuales es indicada la genealogía.


Los sacerdotes recibían los beneficios que les procuraba el servicio religioso, en particular los sacrificios, y se han conservado algunas tarifas que especifican minuciosamente los honorarios debidos por los fieles para tales menesteres. El gobierno se ocupaba, asimismo, de la administración de la vida religiosa. En Leptis Magna esta documentada la existencia de un magistrado que representaba la potestad estatal en el estamento religioso, y es posible que tal cargo existiera también en Cartago. Los Ancianos de Cartago se encargaban de elegir una comisión de diez hombres “los diez que están al frente de lo sagrado”, con atribuciones para inspeccionar la construcción y restauración de los templos y otros monumentos. Otra comisión de treinta hombres, “los treinta varones que están al frente de los tribunales”, actuaba con absoluta independencia en asuntos tales como establecer la relación de las cantidades que había que retener de las ofrendas.

La población no libre.
Si bien los textos antiguos mencionan en ocasiones a los esclavos, la epigrafía también se constituye aquí como una importante fuente de información. Asi la partícula "s" (perteneciente a) puede situarnos ante una situación de clientela, de protección o de esclavitud por deudas. Además, la expresión `s sdn, “hombre de Sidón” parece designar una posición social análoga a aquella de los libertos en el ámbito romano, y estaarían situados entre los ciudadanos y los extranjeros sin derechos ciudadanos, aunque eran considerados fenicios. Uno de los términos principales es `bd, “esclavo”, asi como bd, "siervo". La palabra "esclavo" en el mundo fenicio puede designar dos tipos de esclavos, aquel por deudas y el prisionero de guerra, pero además dependiendo del contexto, puede tener otra serie de acepciones sin tener necesariamente que indicar una situación de trabajo dependiente o de esclavitud, así por ejemplo "esclavo de la divinidad". Algunos de estos esclavos podían trabajar en oficios cualificados como denotan algunas inscripciones que dedican a su amos.

Los prisioneros de guerra también fueron abundantes en algunos contextos. Baste recordar la toma de Selinunte por los cartagineses en el 409 donde se hacen 5000 prisioneros entre mujeres y niños, situación símil acaece en Himera. El terror de la guerra cartaginesa provocó un éxodo hacia Siracusa e Italia. La misma suerte sufrieron los garamantes o los habitantes de las Islas Baleares. Estos prisioneros de guerra habrían sido empleados como mano de obra en las labores agrícolas, según sucede a los soldados de Agatocles (Diodoro XX, 69, 2).

 En algunos lugares fenicios de la Peninsula Ibérica, ciertos artefactos arqueológicos como algunas cerámicas hechas a mano -ollas, tazas y cazuelas con decoración digitada así como cuencos bruñidos y otras pieza con decoración esgrafiada y de retícula-, además de las fíbulas de doble resorte, podrían estar indicando la presencia de una población local que participaba en los procesos de trabajo en los asentamientos fenicios. En su mayor parte parecen de origen autóctono, con paralelos morfológicos y tecnológicos en yacimientos indígenas cercanos a los asentamientos fenicios. Destaca, sobre todo, la ausencia de grandes contenedores, para lo que se emplearon normalmente ánforas fenicias, así como su amplia atribución a contextos domésticos. Parecen, por tanto, indicios bastante fiables de la presencia de gentes autóctonas en los centros fenicios de la costa, en los que, por otra parte, no se detectan estructuras de habitación de tradición local que permitieran pensar en una instalación voluntaria, ya que no cabe sospechar una gran influencia fenicia patente en la arquitectura doméstica y, en cambio, otra muy escasa o nula en la cerámica de uso cotidiano. 

Cerámicas a mano de similar tradición han aparecido también en otros enclaves fenicios más lejanos, como Lixus, Mogador y en la misma Cartago. También están documentadas en algunos lugares frecuentados o habitados por los fenicios en Portugal, como Lisboa, Alcáçova de Santarém, Santa Olaia, Alcácer do Sal y Setubal. Tal dispersión, bastante amplia, sugiere una muy cercana vinculación a los colonos fenicios. Una interpretación contempla la posibilidad de que fueran los mismos fenicios o gentes autóctonas que colaboraran estrechamente con ellos los responsables de su presencia en todos estos lugares. Pero dado su carácter mayoritario de cerámica doméstica, a excepción de algunos cuencos esgrafiados, parece, no obstante, que se pueden excluir las razones de tipo comercial. 


Desde otra perspectiva, podrían estar indicando por el contrario, ya que casi nunca aparecen en las necrópolis, la presencia de fuerza de trabajo autóctona originaria del sur de la Península Ibérica, que habría sido desplazada a todos estos lugares. Por otro lado, los porcentajes más elevados de todas estas cerámicas en los niveles arqueológicos más antiguos, aquellos que corresponden a los siglos VIII y VII a. C. y su posterior reducción o desaparición en los niveles más recientes, podrían estar indicando una distinta disponibilidad de tal fuerza de trabajo en el ámbito colonial según factores geográficos y cronológicos. Qué tipo de relación concreta les vincularía a los colonizadores fenicios es algo que ignoramos, aunque se puede sospechar alguna forma de dependencia, de tipo oriental más que grecorromana. 


Aún cuando llegan a habitar en los asentamientos fenicios, en los que por cierto no se encuentra traza alguna de arquitectura doméstica indígena, mantienen sus hábitos alimenticios así como su vajilla cerámica (y probablemente otras muchas costumbres más) lo que invita a considerar su situación como la de trabajadores subordinados a los intereses de los colonizadores.  parece probable que las condiciones de la población autóctona en algunos sitio, no fueran muy distintas a las de algunos grupos de semidependientes conocidos, por ejemplo, a través de una inscripción procedente de Mactar y que aparecen subordinados a la comunidad. En Cartago los grupos de semidependientes nativos que eran empleados en la explotación de la “chora” de la ciudad aparecen ligados por alguna especie de lazos de clientela a los propietarios de la tierra
 

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